Hoy tengo muchas cosas que contar. Bueno, en realidad creo que voy a tener que contar muchas cosas a partir del día de hoy, pero no nos precipitemos.
Ya me he quejado en alguna ocasión de que últimamente estoy un poco baja de inspiración, así que sospecho que he recibido una pequeña ayudita de alguna musa guasona y con mijita de mala leche.
Y es que ayer fue un día estupendo. Di mis clases con mucha alegría, regresé a mi pueblo con un compañero con el que mantuve una grata conversación, me compré unas pesitas y una polea con la intención de montarme un minigimnasio en el súper pasillo de mi maravillosa casa, me preparé con ilusión una tabla de ejercicios para comenzar cuanto antes mi entrenamiento, repasé mis clases de hoy, preparé todos los materiales y…
A eso de las siete y media me puse un pantalón corto, una camiseta, zapatillas de deporte, cogí a mi Kyna y me dirigí más contenta que unas castañuelas a dar un paseo por el campo pensando que la caminata me serviría de calentamiento. Donde se bifurca la carretera y comienza la subida a la montaña hay una cadena de hierro que generalmente suele estar quitada. Ayer, cosas del destino o de algún vecino cauto y celoso de que pudiera acceder algún coche ajeno a aquel andurrial, la cadena estaba puesta.
Como tantas otras veces, levanté mi pie derecho para pasar por encima de la cadena y… y… y… y no sé qué pasó porque cuando me di cuenta estaba cayendo de cara contra un suelo rasposo, de tierra y hormigón. Sé que muchos matarían por una filmación de lo ocurrido, pero sintiéndolo mucho, he de comunicar que no hubo testigos, y si los hubo son unos descorteses porque no se acercaron a socorrerme. Y es que, después de dar con mis huesos contra el suelo, permanecí allí durante unos minutos sopesando las consecuencias de tan desagradable caída. “Respira y tranquilízate, Raquel”, me decía en voz alta para evitar el pánico. Y lo conseguí a pesar de los innúmeros dolores. Después de un rato, comprobé que podía mover la pierna derecha aunque de la rodilla manaba un hilito de sangre. Que los huesos de la cara estaban en su sitio y que no me había roto ningún diente. Sin embargo, el dolor y la forma de mi mano izquierda no eran del todo normales. Así que armada de valor y sin derramar una sola lágrima llamé a Kyna, que por cierto pasó de mí olímpicamente mientras estuve tirada en el suelo y después también, y emprendí el regreso. Por el camino, sintiendo y viendo la mala pinta de mi muñeca, decidí recurrir a una amiga para que me llevara a un centro de salud.
¿No les pasa que cuando llegan a casa de repente las ganas aquellas de hacer pipí que se habían aguantado estoicamente durante horas se vuelven irreprimibles? Bueno, pues algo así me pasó a mí. Cuando llegué a casa sentí que me desmayaba y me tumbé en el suelo con los pies en alto deseando con todas mis pocas fuerzas que llegara algún bondadoso vecino tipo Nicolás a acercarme un vaso de agua con azúcar. Mis deseos fueron en vano. Solo Kyna se decidió a entrar por fin en casa y se dedicó a chupetearme los raspones de la cara. “Algo es algo”, pensé. Un poco más recuperada, me fui al congelador para coger hielo que aplicarme en la muñeca, y después, al baño para lavarme la cara y limpiarme la rodilla, pero he aquí que, cuando vi mi rostro pálido frente al espejo y la herida de la rodilla, me volví a marear. Ya he tenido en años pasados alguna experiencia con los desmayos, así que me fui corriendito al sofá, no me fuera encima a romper la cabeza.
Y allí me encontró mi querida amiga. La compañía es quizás la mejor medicina porque, tal como llegó, empecé a encontrarme mejor.
Y bueno, para no alargarme mucho más con la tediosa narración de este trágico suceso, concluiré con el veredicto del doctor que me atendió después de unas cuatro horas de esperas entre el centro de salud y el hospital: fractura del radio sin desplazamiento. Inmovilización de antebrazo izquierdo de cuatro a seis semanas. Yeso al canto. “Mantenga el brazo en alto y mueva los dedos”.
Y aunque esto parezca el final no es más que el principio, porque a partir de mañana comenzaré la serie Hay que tener mano izquierda, en la que narraré, entre otras, la fascinante aventura de Raquelita enganchándose el sujetador el día 1 después de.
En otro orden de cosas y ahora que pasaré muchas horas en mi casita del quinto pino porque no puedo conducir y aquí el único medio de transporte público es el taxi previamente solicitado a través de centralita, se agradecerán todo tipo de visitas virtuales o reales, los regalos (me encantan el chocolate y las flores), los mimos, los mimos y los mimos. Gracias por adelantado.
Mañana más. Es una amenaza.