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Pactos rotos

Fue un día de finales de octubre. Nos sentamos en la mesa de aquella cafetería. Hablamos de asuntos poco trascendentales durante casi todo el tiempo. Al final abordamos el tema que nos preocupaba. Y en un momento de debilidad, te pregunté algo. Algo que tú no querías contestar. “No quiero que vuelvas a preguntarme sobre ese asunto. Mi vida privada es mi vida privada y no nos hace bien saber del otro a ninguno de los dos”.

Fui una ingenua. Muy ingenua por pensar que, de manera tácita, habíamos firmado un pacto. “Yo no te pregunto por tu vida, tú no te interesas por la mía”. Pero el pacto solo lo cumplió una de las partes. Porque jamás volví a preguntarte. Te borré de mis registros y solo sabía de ti lo que la vida se encargaba de ponerme delante.

Sin embargo, tú has seguido mis pasos todo el tiempo. Has sabido de mis pesadillas, de mis estados de ánimo, de mis miserias, de mis amores y desamores si alguno ha habido en este tiempo. Me has espiado. Así lo siento yo.

“Este es un espacio público”, dirás con esa actitud tuya de estar por encima del bien y del mal. “Al escribir aquí, te expones”. Y tendré que darte la razón. Porque no he puesto ningún filtro, porque solo confié en tu palabra.

Estoy muy sola. Lo sabes, ¿verdad? Tú no corriste la misma suerte. Y lo peor no es que esté sola, sino que me siento muy sola. Porque, con el tiempo, me he ido convenciendo de que nadie es quien dice ser. De que nada es como parece ser. Y ya no me creo nada. Y esa es la peor soledad. La de tener al lado a alguien que te dice que te quiere y no creerle una sola palabra. Y no quise nunca llegar aquí, pero he llegado.

Escribir me ayuda a mantener la cordura. Quizá haya sido lo que me ha mantenido a flote durante estos años. Una manera de desahogarme sin ahogar a nadie. Pero, al saberte cerca, me he roto las manos. Y todo lo que me asfixia ahora se oculta dentro. Me trago mi veneno y me voy muriendo poquito a poco.

Adiós

El yeso este pesa un quintal. Y además, me pica la mano. Si no fuera porque me tiene bien pillado el dedo gordo ya me lo habría sacado. Si total, es una roturita de nada. Un tercio del radio. De peores quebrantos me he curado -y aún habré de curarme- sin necesidad de escayolas. Porque, ¿quién ha visto alguna vez un corazón con muletas?

Pues sí. La mano izquierda es muy necesaria incluso hasta para una diestra de toda la vida como yo.

Porque algo tan simple como comer, vestirse o fregar los platos se convierte en una pequeña odisea cuando para ello solo puede utilizarse una mano.

Así que ahora mismo estoy aprendiendo a hacerlo todo otra vez. Sé que algunas personas estarían encantadas de ayudarme, pero soy muy cabezota y siempre he querido ser autosuficiente, así que…

Llego a casa del hospital y esa misma noche he de tomar mi primera lección: cómo ducharme sin que se moje el yeso. No parece demasiado difícil. Solo tengo que levantar el brazo al echarme el agua, enjabonarme con cuidado y volver a remojar. A pesar de la dificultad que supone echar el jabón en la esponja… Prueba superada. Algo más complicado fue lavarme al día siguiente el pelo. Y cierta gracia tiene también poner la pasta de dientes en el cepillo sin que se vuelque.

Desvestirme no fue demasiado difícil, pero vestirse tiene su aquello. Ponerme los pantalones, atarme unas zapatillas. Ni sueño con amarrar unos cordones… Pero lo más gracioso fue el sujetador. Me empeñé en abrochármelo del modo en que lo he hecho toda mi vida, pero claro, la falta de tracción de mi mano izquierda lo hacía imposible. Yo de todos modos insistía, erre que erre, hasta que el cansancio pudo conmigo y se me ocurrió atarlo por delante a la altura de la cintura y luego girarlo y arrastrarlo a lo largo del tronco hasta colocarlo en su sitio. ¡Ya estoy hecha una experta!

Con el kiwi del desayuno también tengo algún problemilla porque, ¿cómo puedo coger la pulpa con la cucharilla sin agarrarlo con la otra mano? Menos mal que aún no me ha dado por tomarme un filete, porque no creo que sea demasiado sencillo partirlo, ¿no?

Y bueno, lo de fregar… los vasos no revisten ninguna dificultad, pero con platos y calderos… ¡uf!

La conclusión es que puedo hacerlo casi todo yo sola, pero lo cotidiano e insignificante se ralentiza enormemente. Escribir una palabra me lleva lo mismo que invertía antes en componer un párrafo, así que…

Con una ayudita

Hoy tengo muchas cosas que contar. Bueno, en realidad creo que voy a tener que contar muchas cosas a partir del día de hoy, pero no nos precipitemos.

Ya me he quejado en alguna ocasión de que últimamente estoy un poco baja de inspiración, así que sospecho que he recibido una pequeña ayudita de alguna musa guasona y con mijita de mala leche.

Y es que ayer fue un día estupendo. Di mis clases con mucha alegría, regresé a mi pueblo con un compañero con el que mantuve una grata conversación, me compré unas pesitas y una polea con la intención de montarme un minigimnasio en el súper pasillo de mi maravillosa casa, me preparé con ilusión una tabla de ejercicios para comenzar cuanto antes mi entrenamiento, repasé mis clases de hoy, preparé todos los materiales y…

A eso de las siete y media me puse un pantalón corto, una camiseta, zapatillas de deporte, cogí a mi Kyna y me dirigí más contenta que unas castañuelas a dar un paseo por el campo pensando que la caminata me serviría de calentamiento. Donde se bifurca la carretera y comienza la subida a la montaña hay una cadena de hierro que generalmente suele estar quitada. Ayer, cosas del destino o de algún vecino cauto y celoso de que pudiera acceder algún coche ajeno a aquel andurrial, la cadena estaba puesta.

Como tantas otras veces, levanté mi pie derecho para pasar por encima de la cadena y… y… y… y no sé qué pasó porque cuando me di cuenta estaba cayendo de cara contra un suelo rasposo, de tierra y hormigón. Sé que muchos matarían por una filmación de lo ocurrido, pero sintiéndolo mucho, he de comunicar que no hubo testigos, y si los hubo son unos descorteses porque no se acercaron a socorrerme. Y es que, después de dar con mis huesos contra el suelo, permanecí allí durante unos minutos sopesando las consecuencias de tan desagradable caída. “Respira y tranquilízate, Raquel”, me decía en voz alta para evitar el pánico. Y lo conseguí a pesar de los innúmeros dolores. Después de un rato, comprobé que podía mover la pierna derecha aunque de la rodilla manaba un hilito de sangre. Que los huesos de la cara estaban en su sitio y que no me había roto ningún diente. Sin embargo, el dolor y la forma de mi mano izquierda no eran del todo normales. Así que armada de valor y sin derramar una sola lágrima llamé a Kyna, que por cierto pasó de mí olímpicamente mientras estuve tirada en el suelo y después también, y emprendí el regreso. Por el camino, sintiendo y viendo la mala pinta de mi muñeca, decidí recurrir a una amiga para que me llevara a un centro de salud.

¿No les pasa que cuando llegan a casa de repente las ganas aquellas de hacer pipí que se habían aguantado estoicamente durante horas se vuelven irreprimibles? Bueno, pues algo así me pasó a mí. Cuando llegué a casa sentí que me desmayaba y me tumbé en el suelo con los pies en alto deseando con todas mis pocas fuerzas que llegara algún bondadoso vecino tipo Nicolás a acercarme un vaso de agua con azúcar. Mis deseos fueron en vano. Solo Kyna se decidió a entrar por fin en casa y se dedicó a chupetearme los raspones de la cara. “Algo es algo”, pensé. Un poco más recuperada, me fui al congelador para coger hielo que aplicarme en la muñeca, y después, al baño para lavarme la cara y limpiarme la rodilla, pero he aquí que, cuando vi mi rostro pálido frente al espejo y la herida de la rodilla, me volví a marear. Ya he tenido en años pasados alguna experiencia con los desmayos, así que me fui corriendito al sofá, no me fuera encima a romper la cabeza.

Y allí me encontró mi querida amiga. La compañía es quizás la mejor medicina porque, tal como llegó, empecé a encontrarme mejor.

Y bueno, para no alargarme mucho más con la tediosa narración de este trágico suceso, concluiré con el veredicto del doctor que me atendió después de unas cuatro horas de esperas entre el centro de salud y el hospital: fractura del radio sin desplazamiento. Inmovilización de antebrazo izquierdo de cuatro a seis semanas. Yeso al canto. “Mantenga el brazo en alto y mueva los dedos”.

Y aunque esto parezca el final no es más que el principio, porque a partir de mañana comenzaré la serie Hay que tener mano izquierda, en la que narraré, entre otras, la fascinante aventura de Raquelita enganchándose el sujetador el día 1 después de.

En otro orden de cosas y ahora que pasaré muchas horas en mi casita del quinto pino porque no puedo conducir y aquí el único medio de transporte público es el taxi previamente solicitado a través de centralita, se agradecerán todo tipo de visitas virtuales o reales, los regalos (me encantan el chocolate y las flores), los mimos, los mimos y los mimos. Gracias por adelantado.

Mañana más. Es una amenaza.

Una voz que no se apaga

La guerra fría

Desde hace un tiempo recibo, igual que en aquellos meses, un mensaje a la semana. En aquella época significaba “Tengo ganas de acostarme contigo”. Ahora no sé qué coño significa porque la distancia física, el océano, no permite que haya sexo. Así que cada vez que recibo un nuevo mensaje suyo en el que de manera más o menos explícita insinúa que me echa de menos, aprovecho para vomitar una respuesta. La vomito porque vierto en ella mi frustración, mi enfado, mi “Me has jodido un poco más la vida”, aunque este pensamiento no es del todo justo. El juego lo jugué yo también porque quise o porque pensé que de aquello podía salir algo. Pero no. Me equivoqué.

Y hoy, en uno de sus mensajes de respuesta a uno mío, me acusaba de no disfrutar el lado divertido de las cosas. ¿Será capullo? Pues sí que era divertido sentir cómo de lunes a viernes era un cero a la izquierda. Ni una llamada. Ni una muestra de interés. Pero cuando llegaba el fin de semana… un picor en cierto sitio le recordaba mi existencia. Y yo, gilipollas, me dejaba embaucar por su palabrerío de poeta. Me pierden las palabras bien dichas y este las decía muy bien. Tanto que llegué a creer cosas increíbles. Tanto que ahora estoy un poco más jodida. Y decía que no sé a qué viene ahora, después de un verano sin dar señales de vida, que se vuelva a “acordar” de mí. Y lo extraño es que parece que cuanto más antipática me muestro, cuanto más mordaces son mis respuestas, cuantos más proyectiles le lanzo, más le intereso. Al final va a ser verdad que los hombres se enamoran de las cabronas, como decía aquel amigo. En fin…

Amor diminutivo

Despacito, despacito, muy despacito. Así nos vamos alejando el uno del otro.llama Casi sin darnos cuenta. Y si ayer falló la correspondencia, mañana fallará el teléfono. Y así, a poquitos, te me vas desenamorando. Y me olvidas un ratito que se hace más largo cada día. Hasta que llega aquel en que lo raro es el recuerdo. Y ya no escucho tu nombre, ni tú el mío, en las tiendas de abanicos, ni en los aviones, ni en las calles, ni en los restaurantes. Se pasa la ansiedad por vernos y corren los meses, los años. Despacito, muy despacito… La llamita se va apagando.

El respirito

Me puedo tomar por fin esta tarde un respirito. Aunque son las cuatro y media y acabo de almorzar, no tengo el agobio de ayer ni el de antes de ayer. Así que me tomaré un respirito que aprovecharé para poner una lavadora, barrer los patios, pasar la aspiradora, limpiar el polvo, lavar los suelos, limpiar el baño y, si me da tiempo, darle un paseo a mi Kyna. Mientras tanto, me concentraré a ver si me llega la inspiración divina o terrenal -cualquiera de ellas será bien recibida- y me aclara cómo tengo que decirles a los niñitos de primero de ESO, con los que volveré a verme las caras mañana, que se callen para que se callen. Que no hablen para que no hablen. Que guarden silencio para que guarden silencio. Que cierren el pico para que cierren el pico. Porque es que con los niños tan chicos no puedo, no sé comunicarme. No hablamos el mismo idioma y me desesperan, me sacan de quicio. Tendré que armarme de paciencia, pero eso lo dejaré para mañana. Ahora, me voy a tomar un respirito.

Con el corazón ensanchado

Así me sentí ayer mientras veía el espectáculo ConVivencias en el teatro Coliseum de Madrid. Casi no me cabía el corazón en el pecho y la segunda parte del concierto la pasé enterita llorando de emoción. No sé qué extraña fuerza emana su música que me llega hasta lo más hondo, que me conmueve, que me arrebata, que me eleva al cielo, que me pone la piel de gallina… David Peña Dorantes dirigía el espectáculo en el que también participaban El Lebrijano, Alba Molina, Pedro María Peña, Carles Benavent, Jorge Pardo, Tino di Geraldo, Pastora Galván, Tete Peña, Los Mellis y la Orquesta Filarmónica de Andalucía. Solo una crítica: las casi dos horas de concierto me supieron a poco. Aquí va una muestra. Magnífico. Gracias, querida amiga, por compartirlo y emocionarte conmigo.

Con el corazón encogido

pajaro5th0Así me siento en este momento. Con el corazón hecho una pasita, una chufa… Y es que mi amor está triste y mi planta de lavanda se ha muerto. No sé si lo uno es consecuencia de lo otro. Si hay alguna relación entre estos dos acontecimientos. Si es que aquello a lo que dedico atenciones y cariños está destinado a irse de mi lado. Tal vez la salvación del otro está en mi alejamiento. No debería haber acariciado tanto las ramas de mi planta de lavanda. No debería decirle te quieros a aquel que amo.

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