Había días, tanto cuando vivía con mi santa madre como cuando vivía con mi pareja, en que parecía -según una expresión que usaba mi abuela- que me habían dado de comer alpiste (que, por otra parte, parece que tiene efectos muy beneficiosos para el hígado, los riñones y el páncreas). Días en los que me solía encontrar de bastante buen humor y tenía muchas cosas que contar. Así que llegaba a casa y cogía a la presa de turno y comenzaba a largar durante horas todas las cosas que me habían pasado, que había visto, que había pensado hasta que me llegaba el momento de callar, bien porque se me quejaran de dolor de cabeza (el caso de mi madre) o porque comenzara a notar ciertas sonrisitas forzadas (el caso de mi pareja). Bueno, pues hoy habría sido uno de esos días. Ya no vivo con mi madre. La llamé por teléfono nada más llegar del trabajo, pero no me pareció que tuviera muchas ganas de escucharme. Tuvimos una conversación cordial, me deseó buena tarde y ya. Tampoco tengo pareja. Es en momentos como éste en los que pienso que no puedo renunciar a los hombres, aunque sólo sea por tener a alguien a quien volver loco de vez en cuando. Con dos de mis amigas ya hablé ayer; no es cuestión de volver a molestarlas hoy con mis chorradillas del día a día. ¿Qué opción me queda? Está claro. Mis Nugae. Para eso fueron creadas. Para resistir, sin rechistar, todo lo que quiera contarles. Sin dolores de cabeza ni caras raras.
Y, ¿qué tengo que contar? Lo de siempre: fruslerías, naderías; pero vayamos por partes:
1. Esta mañana me levanté a las seis. A las seis y veinte estaba paseando a Kyna por el campo en medio de la oscuridad. A las siete estaba saliendo de casa en mi coche escuchando la tertulia de Radio 5. Me moría de sueño. Durante el camino tuve la tentación de detenerme a un lado de la carretera y echar una cabezadilla, porque se me cerraban los ojos solos; pero tenía que estar a las ocho en el trabajo, así que seguí adelante. Tres clases y dos guardias. Dos alumnas de primero de bachillerato me dijeron al terminar la clase ay, seño, no te vayas… Supongo que porque se habían partido de risa escuchándome cantar a ritmo de salsa el artículo determinado griego: quema, quema, quema: ho, he, to. Luego me encontré con otras dos de tercero que me dijeron lo mismo (y eso que a éstas no les he cantado). Bueno, digamos que las lágrimas de la chiquilla de la pena ya están compensadas. Desayuné con dos compañeros. Uno de ellos tiene una conversación interesante. Creo que podríamos llegar a hacer buenas migas. El otro parece un payaso. Hace comentarios estúpidos sobre casi todo. Me tomé un café porque necesitaba despertarme, pero creo que el efecto lo está haciendo ahora, unas cuantas horas después.
2. El regreso a casa. Otra vez quedándome frita. El calorcito del coche, El Ambigú de Radio 3 con una serie de temas seleccionados por Paul Weller, el ronroneo del motor. Luego el súper. Pan, kiwis, plátanos, galletas de las más baratas, chocolate y paté de anchoas. Me vuelvo a subir al coche y me toca reflexionar sobre el comportamiento sexual de las especies animales. Los machos de las aves atraen a las hembras mediante cantos especiales y plumajes llamativos. Ahí tenemos al pavo real desplegando su cola como reclamo. Las cigarras y las ranas macho también atraen a las hembras con su canto. Los ciervos, los machos cabríos (sobre los que ya dije algo un día) lanzan bramidos con esa misma finalidad. Leones y demás felinos atraen a sus hembras por medio del olor de su pipí y por medio de los rugidos. Podría seguir, pero creo que ya es suficiente. Vayamos a lo que me interesa: el hombre. ¿Qué hace el macho humano para atraer la atención de las hembras de su especie delante de un instituto de enseñanza secundaria a las 14 horas? Tenemos dos opciones: si el susodicho individuo tiene más de dieciocho años, carnet de conducir y sueldo suficiente para pagarse la letrilla del coche de segunda mano que ha llevado a “tunear” para dejarlo lo más llamativo posible, buscará un aparcamiento en la mismísima salida y pondrá la música a todo volumen en el equipo que lleva incorporado en el maletero y que sin duda le ha costado más que el propio vehículo. Si, por el contrario, el muchacho aún no ha cumplido los dieciocho o no tiene capital suficiente para pagarse y mantener un coche, es muy probable que haya recurrido a la tan socorrida motocicleta coladepavorugidodeleónbramidodeciervo. Pues bien, a dos de éstos últimos los llevaba pegaditos a mí, uno detrás y el otro delante, haciendo un ruido ensordecedor al pasar por delante del instituto que hay
de camino a mi casa. Las motocicletas estaban pintadas de color naranja. Juraría que una de ellas tenía manchas que imitaban las de la piel de un leopardo, refrendando con ello mi hipótesis de que somos todos (los animales, digo) igual de básicos a la hora de intentar aparearnos. Yo misma uso desde hace algún tiempo un perfume que hace estragos, pero ninguno de los machos es lo suficientemente bueno, razón por la que sigo estando a dos velas; pero bueno, no nos desviemos del tema. Los chiquillos motorizados desfilaron ante el instituto, se detuvieron en la siguiente curva y se pusieron de acuerdo para volver atrás y dejarse ver otra vez por las hembras fecundables. Menos mal que al menos no les dio por mearse en la puerta.
3. Mi casa. Al llegar a casa metí el coche en el garaje. La puerta cada vez abre peor. Cualquier día me descoyunto. ¡Dios, que esfuerzos tengo que hacer! Pero al mirar al jardín ya no me acordaba. Allí es primavera. No sé si es normal tanta actividad floral o si es simplemente que después de haber estado tan abandonado ha reventado de felicidad y de agradecimiento. Entré en él con una sonrisa y fui acariciando y saludando a todos sus habitantes (sí, ya le estoy hablando también a las plantas, qué le voy a hacer). El limonero y el naranjo (que estaba casi muerto) no paran de echar hojas nuevas y están cuajados de azahar. Yo tenía entendido, por mi experiencia con los naranjos de Sevilla, que el azahar comenzaba a salir en enero y se abría en febrero o marzo con la llegada de la primavera; pero éste no durará mucho más antes de abrirse. Va a ser un auténtico espectáculo. Estoy deseando verlo. Luego están mis rosales. Juro que jamás había olido una rosa tan fragante como la que me regalé hace dos días. Llegué del trabajo y, mientras preparaba el almuerzo, vi por la ventana una rosa morada. Me alegré tanto que dejé lo que estaba haciendo y salí al jardín para olerla. ¡Qué maravilla! No pude resistirme. La corté y la puse en un vasito. La he tenido conmigo por toda la casa y ayer por la mañana me desperté con su aroma. Hoy ya había perdido los pétalos, pero siguen oliendo tan bien, que los he puesto en un plato en la mesita del salón. Los otros tres rosales también están empezando a echar flores y yo estoy encantadísima de ver que son de distintos colores. Uno las tiene rosas; otro, amarillas y los otros dos, rojas. Los geranios tampoco paran de florecer, sobre todo el blanco; y la margarita está reponiéndose del coma en el que entró hace unas cuantas semanas y está empezando a rebrotar con fuerza. Las trepadoras crecen tanto de día en día que cada vez que las miro me parece que hace una semana que no visito el jardín. Y luego está mi Kyna, que se pone contentísima cuando llego a casa a pesar de que yo intento no hacerle mucho caso por eso de evitar los apegos y demás historias; pero me da muchísimas alegrías. Cuando la saco a pasear por el campo, me emociono y disfruto tanto o más que ella observando todos sus movimientos. Es delgada y tiene las patas muy largas. Mi vecina dice que tiene un caminar elegante, jajaja. Corre como un lince, como un galgo. Si ve que algo se mueve entre la hierba, se encabrita y luego se lanza sobre su presa (a la que nunca atrapa, por cierto) y se entretiene durante un buen rato con el hocico y las patas delanteras pegados al suelo y el culo respingón. Luego es como si se cansara o se olvidara de lo que estaba haciendo y sale corriendo con la lengua fuera y una expresión de alegría que no puedo evitar que se me contagie. Si alguna vez ve un saltamontes, se pone contentísima y empieza a saltar detrás de él como si ella también fuera otro bicho. Si algún pájaro (que he descubierto que por aquí anidan en el suelo) levanta el vuelo y ella está cerca, se pone como loca. Ladra, salta y quisiera volar ella también para atraparlo. A veces se va lejos y no la veo. La llamo por su nombre a sabiendas de que no me va a hacer ni caso, pero insisto. Cuando pasa un rato y no aparece, hago como que me marcho. Silbo de la manera que ella ya reconoce y comienzo a caminar hacia mi casa. Entonces, entiende que me pierde y aparece corriendo como si en ello le fuera la vida. Cuando llega a mi altura, vuelve a despistarse por allí otra vez, pero siempre teniéndome controlada. A veces (sólo a veces porque es muy buena) me he enfadado con ella duramente. Le doy tres gritos porque no quiero pegarle y se tira en el suelo con las patas hacia arriba. Al rato ya no se acuerda y sigue tan feliz. Estoy muy contenta de tenerla conmigo.
Creo que ya lo he dicho todo. Gracias por tu paciencia si has llegado hasta aquí. Algún día serás recompensado.
¿Pero tú no tenías marido e hijos?
1. Escuché que el efecto del café va desfasadísimo. O sea, que si tienes que ir al cine por la noche lo mejor es levantarse a las cinco de la madrugada anterior para tomarse un café. O algo así.
A lo mejor “el chute” del café no es por el propio café, sino por el azúcar que lo acompaña. Además del efecto placebo, claro.
2. Selección natural: si ir con el coche tuneao o lo mato petardeando provoca que una imbécil se enamore del tío que conduce… no hi ha res a fer (no hay nada que hacer): de aquí 8 generaciones todavía habrá coches tuneaos y motos petarderas. Lo podemos llamar ley de la oferta y la demanda sexal tonta, si quieres.
3. Menudo paraíso. Te falta un árbol con una manzana roja colgando.
Si tuviera marido e hijos no tendría tiempo de aburrirme ni de escribir a diario en este blog… ¿o sí?
1. Si me levantara a las cinco de la madrugada, seguramente no llegaría al cine de la noche. El café no me gusta mucho así que iba acompañado de un chorrito de leche condensada. La hipótesis del azúcar no me vale, jajaja.
2. Afortunada o desafortunadamente, hay hombres y mujeres para todos los gustos (excepto para el mío, a lo que parece). Seguro que a más de una chiquilla de las del instituto se les caía la baba por los horteras de las motocicletas… Por suerte no veré las próximas ocho generaciones. Moriré mucho antes. Menos coches “tuneados” que ver. ¡¡Bien!!
Cuando yo era muy jovencita, me enamoré platónicamente de un muchacho que iba en bicicleta. A veces también iba en monopatín… ¡Qué tiempos! Un día hablaré de mis amores platónicos. Fueron muchos.
3. …y un Adán al que tentar con lo prohibido. ¿Da la sensación de que estoy esperando-buscando un hombre? Pues nada que ver. He renunciado. Todo teatro.
1. jo
2. je
3. ja
La enorme profundidad de tu comentario ha dado lugar a largas horas de reflexión por mi parte. Son tantísimas las cosas que me inspira que podría escribir páginas y páginas. Quizás incluso, escribir una novela al respecto. Tu sutileza, tu ingenio, tu saber estar, tu elegancia, tu perspicacia me dejan sin palabras. Es por ello que sólo puedo añadir unos puntos suspensivos: …
Jo: es una pena que no te guste el café. Son muchas las implicaciones que pueden sacarse a partir de una taza de café, tanto individual como “compartidamente” saboreada. Quizá alguna de las horas de reflexión la dedicaste a este asunto y, quizá, sea el inicio de tu novela. Ya hay un personaje que se pasa casi toda su novela exclamando “Jo”, lo digo para que no se te acuse de plagio.
Je: hay temas que no cambian por muchas generaciones que se sucedan. Ahí tienes sin ir más lejos la manida “Mamma mía”. Estudiar la “horterez” de cada generación sería asunto de ensayo, más que de novela. También saldrían muchas páginas.
Ja: a otro con ese embuste. Podríamos rastrear los posts anteriores y te sonrojarías con tus propios escritos, que ya dan para varias páginas.
Como lees, no es que estuviese aprendiendo la cartilla y ese día me tocase aprender la “j”, y que me quedase a medias ( “ji” y “ju”): sucede que lo que no escribes da para mucho más que lo que escribes. ¿O es al revés? Bueno no sé. Si tienes tiempo, reflexiona sobre esto último. No te prometo respuesta.
Jo: aunque no me guste el café, me gustan otras bebidas que se pueden servir en una cafetería y que darían lugar a largas tertulias o monólogos. Sin ir más lejos, mi primera cita con el gran amor de mi vida transcurrió delante de dos tazas de manzanilla. También podría ser té (me encanta especialmente el pakistaní -compré una bolsita no hace mucho-), menta-poleo (adecuada después de comidas copiosas), tila (ésta va bien para los estados de nerviosismo), y luego está mi preferida: el cola cao. Claro que siempre será más sugestivo que la historia que haya que contar transcurra delante de una taza de café. Lo del cola cao daría un toque un poco infantil, quizás. No obstante, en este último año he superado mi récord de tazas de café. Hoy, sin ir más lejos, tomé otra. A falta de otros vicios…
Je: aquí sí que estoy de acuerdo contigo. Cada época tiene sus horteradas. Por algún lado, en casa de mi madre, tiene que haber una fotografía mía en la que, con catorce añitos, poso con una minifalda vaquera de color negro, medias oscuras, calcetines blancos encima de las medias y unas playeritas de cordones. ¡Dios mío! Cada vez que la veo me pongo colorada. Eso me pasaba por ir a la moda. A mí la manida Mamma mía me pareció muy entretenida y optimista. Para escribir un ensayo hay que documentarse muy bien, y yo conozco pocos horteras.
Ja: ya no me sonrojo con mis escritos. Hubo una época, la de mi adolescencia y primera juventud, en la que destruí todo lo que había escrito por vergüenza. Ahora me arrepiento. Esa vergüenza me ha durado hasta no hace mucho, pero afortunadamente he aprendido a aceptarme tal como soy. Si lo que escribo es ridículo, pues es porque yo soy ridícula. Si lo que escribo es ingenioso, pues será porque soy algo ingeniosa. Si lo que escribo es cursi, pues porque también soy cursi. Si escribo que he renunciado a los hombres, es porque pienso, creo y siento que estar enamorada es maravilloso si se es correspondida. Si no es así, es muy jodido. Y yo he estado muy jodida, sigo estando muy jodida, y cuando al fin lo supere, no quiero volver a estarlo. Conclusión: renuncio a los hombres. Las contradicciones que puedan extraerse de mis escritos son el fruto de mi lucha interior. Pero la Raquel borde y gilipollas pasa cada vez más tiempo conmigo. De momento, la dejo estar por aquí, porque así me defiende. Así que cuidado con ella.
Mencionas la cartilla. Eso me trae buenos recuerdos. Aprendí las letras con la cartilla de Palau en una casa solitaria en medio de un barranco donde vivían mis tíos y mis cinco primas mayores. Las dos más pequeñas se sentaban conmigo por las tardes empeñadas en enseñarme el ja, je, ji, jo, ju. Eran de la época de la letra con sangre entra y recuerdo que me querían meter la cartilla a pellizcos. Yo no hacía ni caso. Me recuerdo muda, sacándolas de quicio porque las miraba y me negaba a soltar prenda. Ya en aquel tiempo estaba más interesada en jugar en el jardín, en recoger las hojas de los dos enormes ficus, en andar acariciando a la perrita que teníamos y en construir mi casa ideal amontonando las cajas de plástico vacías de COPECA (que si el baño, el dormitorio, la cocina, el salón, la habitación de la niña-muñeca…). Un día, sin embargo, (estoy hablando de cuando tenía cinco años) vino el director a la clase de párvulos para felicitar a una niña que sabía leer muy bien a pesar de su corta edad. Se llamaba Celeste. Me veo a mí misma sentada en una de aquellas mesitas redondas, observando estupefacta el reconocimiento que se le hacía a la niñita que tenía dos moñitos con bucles rubios. Aquello también lo quería yo para mí (no los moñitos, sino el reconocimiento). Esa misma tarde le dije a mi prima que quería leer la cartilla y creo que al día siguiente le dije a la maestra, Dña. Asunción, que ya sabía leer. No me hizo ni caso y me quedé un poco decepcionada, pero desde entonces no he parado.
Así que lo que no escribo da para mucho más que lo que escribo, aunque no estás seguro. Yo creo que sí. Suele suceder. Los silencios también tienen música.
Me encantan los juegos de palabras. A veces me entretengo descifrando los códigos ocultos que la gente normal usa en su día a día por no decir algo que les lleve a perder una batalla en la que quede al descubierto todo lo que creen ser. Pero me gusta cuando la gente dice lo que tiene que decir y no dice lo que no quiere decir.
Me gusta oirte hablar de tu renuncia a los hombres porque me he encontrado con muchos hombres que se tiran los peos más alto que el culo a los que vale la pena renunciar (y, todo hay que decirlo, pasar de largo ante ellos dejándoles un aviso que les advierta que son bastante desagradables y que modificar un poco su conducta les vendrá bien a ellos y, por efecto rebote, a cualquiera que esté cerca de ellos). Pero aún creo que hay hombres que merecen la pena. Lo que pasa es que es inevitable que haya conflicto de intereses porque los hombres y las mujeres queremos cosas diferentes.
Yo mantengo la esperanza.
Yo ya la perdí. Totalmente.
Pero tú aún eres joven, guapa, inteligente, simpática, etc. así que mantenla, mantenla.
bueno, es la primera ves que ando por estos predios,laverdad Sra Raquel no se que le habrasucedidocon loshombres o con alguno en particular pues no heleido mas que este comentario o escrito,pero carajo, renuciar alos hombres wao, que fortaleza, yo particularmente no podria vivir sin ellos, es maravilloso tener alguien cin quien hablar ,pelear acariciar (sobr todo)me encantan tanto que la vida me ha premiado con tres hombrecitos uno de 6 meses,otro de 5 años y el mas travieso de 10, y tos ellos se los debo a un maravilloso hombre.
Ay, Miosotys, los hombres… Antes que nada, bienvenida. Me alegra mucho leer nuevas letras por mis dominios. Lo de Sra. Raquel me ha llegado al alma. Me ha puesto diez o doce años más encima, jejeje.
Los hombres… qué me ha sucedido con ellos… en fin, sería larguísimo de contar y ahora mismo no sé si sería apropiado recordarlo. Supongo que si hubiera alguno maravilloso con quien hablar y a quien acariciar (lo de pelear que sea lo menos, por favor) no hablaría así. Y quizás algún día lo haya. No lo sé.
En cualquier caso, me alegra mucho que haya personas que tengan hombres maravillosos a su lado y que no piensen igual que yo. Eso me ayuda a ver el futuro con algo más de optimismo. Muchas gracias por tu comentario.